Educación

5 cosas que quiero que el maestro de mi hijo con síndrome de Down tenga en mente este año

Es la época del año para organizar aulas, planificar lecciones y memorizar nuevos nombres. Cuando era maestro, esta época del año me traía una mezcla de emoción e inquietud. Esas emociones siguen siendo las mismas ahora que soy padre de un niño con síndrome de Down.

En lugar de temer que no estaría bien equipado para tratar con un grupo completamente nuevo de estudiantes con diferentes necesidades, ahora temo que el maestro de mi hijo temerá el síndrome de Down y lo que significa para su clase.

Lo sé, por experiencia personal, incluso una maestría en educación no prepara completamente a los maestros para satisfacer las necesidades de todos los estudiantes. La formación del profesorado es a menudo un enfoque de “talla única” hasta que el alumno profesor se arroja a los lobos (quiero decir, los estudiantes jaja). Pero aquí está lo más importante que debe saber para satisfacer las necesidades de mi hijo que tiene síndrome de Down: no necesita un Master en Educación para cuidar y tener una mente abierta. Esas dos características por sí solas pueden llevar al éxito de mi hijo (y de cualquier otro niño) en su clase.

Aquí hay cinco cosas para recordar cuando se enseña a un estudiante con una discapacidad intelectual:

  1. Él es más parecido que diferente.

Imagínese si el color de sus ojos fuera el factor determinante de si fue cortado para ser un maestro. No es genial, ¿verdad? El tiene derecho a las mismas oportunidades educativas que su típico hermano gemelo. Pero en el instante en que un maestro mira a mis dos hijos uno al lado del otro, muchos ya han juzgado que el no puede cortarlo en una clase normal.

“Diferente” tiene que ver con la perspectiva. Para usted, mi hijo puede no encajar en el molde típico de “estudiante modelo”, pero para mí es tan curioso y brillante como su hermano gemelo típico. Deja de mirar esos preciosos ojos con forma de almendra y su linda estatura de niño; este niño quiere aprender Espere que quiera actuar y aprender como sus compañeros típicos, y usted se sorprenderá de lo que puede lograr.

  1. Él necesita que creas en el poder de “todavía”.

Nuestra mentalidad determina la forma en que vemos el mundo. Quiero que los maestros de el tengan una “mentalidad de crecimiento”. Este es el poder de creer que elpuede aprender y mejorar. No estoy delirante; Entiendo que mi hijo tiene una discapacidad intelectual y es probable que no “mantenga el ritmo” con su hermano gemelo típico. Pero con una mentalidad de crecimiento, está bien si no se mantiene, porque tiene el poder de “todavía”.

Puede que no lea y escriba cuando sus compañeros típicos lo hacen, pero eso no significa que nunca leerá ni escribirá. Tampoco significa que merezca bajas expectativas y experiencias educativas inferiores. Cuando sienta la necesidad de decir: “El no puede _______”, en su lugar diga “El no puede __________ todavía”. Esto cambiará su perspectiva completa sobre el síndrome de Down y lo que mi hijo puede lograr.

  1. El entiende cuando está siendo segregado.

Incluso con 40 años de leyes federales e investigaciones para respaldar la inclusión total para estudiantes con discapacidades intelectuales, las escuelas continúan segregando a estudiantes como mi hijo en clases “especializadas”. Los maestros y administradores dicen que esto es lo mejor para estos estudiantes “especiales”, pero la investigación demuestra que no es así.

Escucha, entiendo que la inclusión puede ser difícil y atemorizante, pero mi hijo no merece el camino de menor resistencia. Es lo suficientemente inteligente como para saber que está siendo segregado de sus compañeros típicos, y estará a la altura de esas expectativas patéticamente bajas. Debemos prepararlo para la vida, y hasta donde sé, no hay tiendas de comestibles “especiales”, apartamentos o trabajos cuando se gradúa.

  1. Sus compañeros típicos tienen mucho que ganar con su presencia en el aula.

Muchos maestros argumentan que tener un estudiante con una discapacidad intelectual en su clase será perjudicial para sus estudiantes típicos. ¡No estoy de acuerdo de todo corazón! De hecho, la investigación muestra que el rendimiento típico de los estudiantes permanece igual o aumenta con la presencia de estudiantes con diversas habilidades. La razón es simple y se ha sabido por generaciones: la mejor manera de entender un concepto es enseñarlo.

Qué maravillosa oportunidad para enseñar empatía y aumentar los niveles de rendimiento de todos sus alumnos. En una clase inclusiva significativa, todos los estudiantes se sienten valorados por lo que son. Los estudiantes de alto rendimiento pueden reforzar lo que han aprendido enseñando a otros, y los estudiantes como mi hijo pueden enseñarles a esos mismos estudiantes que la vida es más que solo calificaciones altas y puntajes de exámenes.

  1. Más que nada, él necesita un maestro de mente abierta.

Puede conocer las últimas estrategias de enseñanza para optimizar un aula inclusiva: Diseño universal para el aprendizaje, Lecciones de investigación guiada orientadas a procesos, Pedagogía de la realidad, etc. Pero si no tiene una mente abierta, ninguna de estas estrategias elegantes funcionará. Prefiero tener un maestro que no tenga idea de todo lo anterior, pero realmente acepta a el y cree que puede aprender más que un maestro que cree que mi hijo está indefenso.

Depende de usted enseñarle a otros estudiantes que la discapacidad de mi hijo no debe ser temida. Ellos te estarán mirando.

Y recuerde, los padres de estudiantes con discapacidades quieren que el maestro de sus hijos tenga éxito. Ven a nosotros por consejo. Estamos los expertos en nuestro hijo, y podemos ser un activo invaluable para el éxito de su clase. ¡Te apreciamos!

Sabemos que puede tener miedo, pero nuestro hijo y sus alumnos lo valen. Acepta el desafío y sé el cambio que se necesita en este mundo.

Vía: The Mighty

Cuando se trata de educación especial, la calidad depende del código postal

Cuando se trata de educación especial, la calidad depende del código postal

Rebecca Klein, The Hechinger Report | 13 de diciembre, 2017

Cada año al empezar el curso escolar Jawanda Mast se reunía con el administrador del colegio de su hija Rachel. Todos los años tenía la misma pelea. El profesorado quería separar a Rachel (quien tiene Síndrome de Down) del resto de sus compañeros sin discapacidad y ponerla en una clase distinta. Mast siempre se negó; aislar a su hija de los demás niños tendría un efecto devastador. Rachel era una niña alegre y social,y le encantaba estar con sus amigos.

Después de varios años peleando una y otra vez por lo mismo, Mast tomó una difícil decisión justo antes de que Rachel empezara tercero. Mast y su familia decidieron abandonar su casa de Tennessee y mudarse a Kansas, dónde Rachel podría asistir a un colegio que ofrecía un mejor sistema educativo y la integraría en una clase con los demás niños. En la decisión de mudarse también influyó el trabajo del marido de Mast, aunque el problema de la educación en Tennessee fue un factor decisivo.

“Pensaba: ¿cómo se supone que voy a seguir haciendo esto durante 10 años más?”, confesó Mast.

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Cortesía y discapacidad

Los discapacitados tienen derecho a que se les trate con la misma cortesía que el resto de personas. Esto incluye respetar su privacidad: si cree que es inapropiado hacerle a los demás un determinado tipo de preguntas (sobre su sueldo, su edad, etc.,), extiéndale la misma cortesía a las personas con discapacidad. La etiqueta en lo que atañe a los discapacitados no consiste en ser políticamente correctos, sino en respetar a todos los individuos por igual.

En una conversación…

  • Cuando trate con una persona con discapacidad,diríjase a ésta y no a la persona que le acompaña.
  • Trate a los adultos como adultos. Llame a una persona por su nombre de pila solo cuando extienda esa misma familiaridad a todos los presentes. No hable a los adultos con voz de bebé como haría con un niño pequeño.
  • Para llamar la atención de una persona con discapacidad auditiva, tóquele el hombro con suavidad o agite una mano en el aire. Mírela directamente y háblele claro, despacio y de un modo expresivo para que ella pueda leerle los labios. No obstante, no todas las personas con discapacidad pueden leer los labios. Aquellas que no lo hacen se apoyarán en sus expresiones faciales y en el lenguaje corporal para lograr el entendimiento. Muestre consideración colocándose en un lugar iluminado y aparte sus manos de su boca cuando hable. Lleve el bigote bien recortado. Gritar no ayudará, pero probablemente sí funcione el escribir notas.
  • Cuando hable durante más de unos pocos minutos con una persona en silla de ruedas, colóquese a la altura de sus ojos. Le evitará a ambos dolor de cuello.
  • Relájese. No se avergüence si dice expresiones comunes tales como “Te veo luego” o “Me voy corriendo”, aunque parezcan estar relacionadas con su discapacidad.
  • Cuando salude a una persona con discapacidad visual severa, identifíquese siempre tanto a sí mismo como a sus acompañantes. Por ejemplo, puede decir: “A mi derecha está Andy Clark”. Cuando conversen en grupo, recuerde decir el nombre de la persona a la que se está dirigiendo para darle paso. Hable en un tono de voz normal, indique cuando se mueva de un lugar a otro y haga saber cuándo ha finalizado la conversación.
  • Preste su total atención y no tenga prisa cuando trate con personas con discapacidades del habla.
  • Mantenga una actitud favorable en lugar de corregir, y sea paciente en vez de hablar por la otra persona. Cuando sea necesario, haga preguntas que requieran respuestas cortas o una afirmación o negación con la cabeza. Nunca finja que ha entendido algo si no es el caso. Repita lo que haya entendido, la reacción de su interlocutor le ayudará a entenderlo.
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Lo que una simple despedida me enseñó sobre la inclusión

Por Jennifer Hineskimg07232-1280x427

«¡Adiós, Willow!»

Habré oído esta frase cientos de veces. Pero esta vez era diferente. Esta vez no solo oí las palabras, también las sentí.

Las pronunció un niño pequeño en el primer día de preescolar de Willow. Fue un día difícil para mí. Desde mi perspectiva, acababa de dejar mi pequeña, frágil y hermosa hija de tres años en un lugar aterrador y desconocido, repleto de niños con prejuicios. Tuve que recurrir a todas mis fuerzas para salir de la clase sin ella. Sinceramente, la única razón por la que lo hice es porque Willow quería quedarse. De hecho, estaba tan emocionada que ni siquiera se despidió.

Pasé las 3 horas siguientes llorando, preocupada de que se estuvieran metiendo con ella. Quizá sus compañeros no sepan que tiene síndrome de Down, pero seguro que pueden ver sus diferencias. Mide la mitad que ellos. Se arrastra o usa un andador. Tampoco habla. ¿Cómo podría pasar desapercibida?

Lo hizo.

Lo vi claro en cuanto llegué para recoger a Willow. Por supuesto que se  destacó. Pero no fue por su discapacidad.

«Oh, ¡es un encanto!».

«Me gustaría traérmela en el bolsillo y llevármela a casa».

Esos comentarios venían de sus profesores. Supongo que me los esperaba. Pero ¿y sus compañeros? ¿Qué pensaban ellos? ¿Me atrevería a preguntar?

«Se lo ha pasado muy bien hoy. Está justo donde debe estar», dijo uno de sus profesores. Seguía sin entenderlo mientras cogía en brazos a Willow para llevarla a casa. Y, cuando salía por la puerta, lo oí.

«¡Adiós, Willow!»

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Como la educación inclusiva para nuestro hijo con síndrome de Down nos está sanando

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Por:  Maxine Sinda Napal

De la misma forma en que el hielo se pega al parabrisas de tu coche en invierno, la negatividad puede tener la facilidad de adherirse a ti, tanto lo quieras como si no, si pasas una excesiva cantidad de tiempo rodeado de ella. Durante los tres primeros años de vida de nuestro hijo Rukai (y, precediendo esos tres primeros, el tiempo en el útero) y con todas las conjeturas médicas y los encasillamientos a los que nos estábamos enfrentando, había poca cosa que no llenara mi corazón de tristeza y que no revolviera mis pensamientos con preocupación. Ese miedo, esa negatividad, era como hiedra descuidada, y como tal nos llevó a descuidarnos como padres. Un estado mental precario, incluso una peor visión y, demasiado a menudo, una falta de perspectiva.

Es muy difícil usar la visión periférica desde dentro de un abismo.

Mientras que algunas partes de la sociedad te habrían hecho creer que es nuestro hijo, nacido con síndrome de Down, el que estuvo sufriendo todos estos años, en realidad éramos nosotros, sus padres, angustiados, no por Rukai, él era una alegría, sino por tener que esquivar a la sociedad y a la mala medicina, que marginaba continuamente a nuestro querido hijo. En todas las conversaciones que se centraban en el «qué no puede hacer», nosotros siempre contestábamos «pues claro que puede, cállate y míralo».

Es agotador tener que luchar todo el tiempo. Y terrible que en algún momento acabas por caer de verdad y acostumbrarte al desafío. Como un disco rayado, encuentras una especie de mantra que explica por qué las estadísticas no definen una vida. Llegamos a algo como:

Una historia que aún no se ha escrito no se puede contar, sobre todo una que no te pertenece.

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No he fracasado, he encontrado 10.000 formas que no funcionaron

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Si no me equivoco, probablemente, estás pensando que tener un hijo con necesidades especiales supone una gran carga. También me imagino que crees que nuestro hijo con síndrome de Down, lo más seguro, es que tenga muchos problemas de conducta y de comunicación. ¿Me equivoco? Hasta hace unos pocos meses, hubiera estado de acuerdo contigo, pero, ahora mismo no lo creo en absoluto.

Pues bien, en este momento, el hijo «problemático» es Alfie. Mi otro yo. Desde el principio, debería haber sabido que él era el que, potencialmente, podría haber causado la mayoría de los «problemas», aunque cuando sonreía, parecía que quería solucionar los problemas del mundo. Me dijeron que es el típico «hijo del medio». Parece ser que eso indica algo: el síndrome del hijo del medio. Pero ya hablaré de esto más adelante.

 

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Por el momento, podemos resaltar algunas claras diferencias entre mis dos chicos, que demuestran, sin lugar a dudas, lo diferentes que son.

Si a Oscar no le gusta el programa que hay en la tele, irá a buscar el  control remoto. Normalmente, lo escondo con picardía en el sofá detrás de un cojín, porque, en un mundo ideal, no quiero ni que Oscar ni Alfie lo encuentren. Como es obvio, nueve de cada diez veces lo encuentran y me miran como diciendo: «Mami, es ridículo que lo escondas detrás de un cojín. ¡Como si fuéramos estúpidos! Sabemos perfectamente a lo que juegas». Entonces, cuando Oscar está cansado de un programa en particular, busca el control remoto, lo dirige hacia al televisor (intentando cambiar de canal) y, cuando no puede hacerlo, me lo trae y me dice «mamá» (p. ej. ayúdame, mamá) y, como Alfie está viendo su programa favorito, le digo a Oscar: «es el turno de Alfie y después, el de Oscar».

La mayoría de las veces sonríe, acepta lo que le digo y vemos ambos el programa con Alfie o se entretiene con otra cosa. Luego, ocurre la misma situación, pero al revés: la reacción de Alfie cuando Oscar está viendo SU programa. En este caso, por el contario, Alfie tendrá la madre de todas las rabietas. Y estoy hablando de llorar, señalar con el dedo el control remoto  y  la tele, chillar, dar pataletas y de tener la cara cada vez más y más roja. Si esto no fuera lo habitual, incluso me reiría de lo gracioso que me parece, pero, evidentemente, no puedo hacerlo. He probado todo tipo de tácticas: explicarle cuidadosamente que es el turno de Oscar, decirle con seriedad «no», ignorar su teatro, apagar incluso la tele… Cualquier cosa que se te ocurra, ya la he intentado. Y a veces, esta rabieta puede seguir hasta que se acabe el programa. Hasta que, naturalmente, cambio de canal y le aclaro: «Ahora es el turno de Alfie», momento en el que para casi de inmediato, suspira con alivio y, a continuación, se sienta a verlo. Por supuesto que podría ahorrarme la molestia y, siendo sinceros, podría llevar una vida mucho más fácil simplemente con poner lo que él quiere cuando a él le apetece, porque a Oscar parece que no le entusiasma tanto elegir el programa… pero ni pensarlo. Evidentemente, no me voy a dar por vencida. Está a punto de cumplir dos años en un par de semanas y no me voy a rendir ante un niño de casi dos años, ¡por el amor de Dios! Siempre voy a ganarte, amigo.

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Si Oscar quiere algo de comer, viene hacia mí, indica (mediante el Makaton) que quiere algo de comer y, si, por ejemplo, queda poco para la hora de la cena, le explico que pronto será la hora de cenar y que tenemos que esperar. Él lo acepta y se va. Alfie, por el contrario, me lleva a la cocina (a menudo señalando con el dedo mientras que corre),  da brincos al lado de la despensa donde están las galletas y continúa gritando/señalando (he de decir que sabe unas cuantas palabras, pero «por favor, mami, quiero una galleta» no figura en su repertorio, de momento). Cuando le explico que casi es la hora de cenar ya y que no puede comerse una galleta, comienza, de nuevo, con una de sus grandes rabietas. Y estoy hablando de una histeria masiva. Es absurdo. Ningún tipo de razonamiento puede calmarlo y puede seguir y seguir y seguir y seguir…Ustedes me entienden.

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A lo que quiero llegar es que, si Oscar se enfada, normalmente parará de llorar después de unos pocos segundos. Por ejemplo, si se enfada porque alguien ha cogido un juguete suyo, protestará durante un minuto, pero luego se le olvidará. He llegado a la conclusión de que Alfie no lo dejará pasar. Dios no quiera que alguien coja un juguete suyo, porque si lo hace, llorará como una Magdalena durante unos 10-20 minutos.

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Hace unos meses, Alfie y yo fuimos a una clase de música del barrio. Oscar estaría ese día en la guardería y se me ocurrió que estaría bien que hiciéramos algo juntos, dado que soy consciente de que la mayor parte de mi tiempo la ocupa Oscar. Habíamos estado yendo a esta clase de música durante un tiempo y después de las vacaciones de verano retomamos las clases. Mientras que los otros niños se sentaban en círculo, tranquilos, junto a sus madres, Alfie no paraba de correr hacia la puerta llorando. Una vez más, no había manera de llamar su atención, de animarle o sobornarle (Por favor, ven y siéntate… Si lo haces, mami te dará una galleta de chocolate luego). Nada. Cuando por fin se unía –después de cada canción–, si la profesora le quitaba el instrumento, tenía otra rabieta (teniendo en cuenta que tiene ya casi dos años y que esa fase tendríamos que haberla superado hace tiempo). En resumen, hizo de la experiencia todo un suplicio para él, para mí, para la profesora y, probablemente, para todas las demás madres y niños que estaban allí. Aguanté cuatro clases y cada semana me disculpaba ante la profesora y las otras madres por su comportamiento. Después de cuatro clases, decidí que ya era suficiente y que iba a hablar con la profesora para insinuarle que no iríamos más, ya que parecía que molestábamos a los demás. Le escribí un correo electrónico explicándole mis intenciones… Y, ¿sabéis qué? Ni siquiera intentó convencerme, me dijo que era muy perspicaz (dije que Alfie se ponía muy inquieto y que no era justo ni para él ni para los demás), así que me dijo que me reembolsaría mi dinero. Fue entonces cuando me di cuenta de que habían prohibido la entrada a mi hijo de casi dos años a su primera clase de música. Fue realmente humillante.

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Como madre, te preguntas qué has hecho mal en el camino.¿Le he agobiado con mis muestras de cariño y he hecho que sea más dependiente de lo necesario? ¿O no le he mostrado lo suficiente mi amor y atención?

Mi miedo es que, tristemente, sea eso. Supongo que, probablemente, se siente un poco apartado ahora que ha llegado Flo (quien, sinceramente, no parece gustarle mucho).

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Supongo que ya no se siente mi bebé, lo que me entristece, básicamente, porque los tres siempre serán mis bebés. También creo que se ha dado cuenta de toda la atención que le presto diariamente a Oscar, con todo. Continuamente quiero que Oscar amplíe su conocimiento y, quizás, según el tiempo pasa, no le estoy prestando tanta atención al pequeño Alfie. Porque, seamos realistas, Alfie parece que aprende las cosas más fácil y rápidamente que Oscar. Ha habido muchos cambios últimamente: la llegada de un nuevo bebé y la mudanza. Estos cambios, tal vez, expliquen por qué se está comportando de esa manera.

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El otro día, recogimos a Oscar de la guardería. Los tres niños iban en los asientos de atrás. De camino a casa, jugamos al «¿Sabes decir…?». Es un juego que me he inventado y que en realidad no es tan divertido, pero a Oscar parece gustarle mucho. Mientras yo conducía, le preguntaba: «¿Sabes decir…?», y decía cualquier objeto, persona, cosa, etc. Por ejemplo: «¿Sabes decir papá?». Normalmente, Oscar responde señalándolo o, en ocasiones, vocaliza la palabra o lo intenta como puede. Espero su respuesta mirando por el espejo retrovisor y si lo hace bien, le doy mi felicitación, que suele gustarle mucho (lo sé, es un juego muy tonto ahora que lo estoy contando, pero bueno, a él le encanta el refuerzo positivo). Bueno pues, ese día íbamos tranquilamente en el coche jugando al «¿Sabes decir?»y cuando miraba por el espejo retrovisor a Alfie (ahora mismo, Alfie es un fanático de las palabras pato, papa y tata) lo veía señalando y diciendo cada cosa que le preguntaba. Y hablo en serio: cada cosa, constantemente y más rápido que Oscar. Le felicito mientras seguimos y, contentos porque están impresionando a mami, ambos comienzan a dar un montón de aplausos. Pero cuando el juego se acaba y sigo conduciendo, se me hace un nudo en la garganta y se me cae una lágrima. No tenía ni idea de que Alfie sabía todo eso. ¿Cómo me lo había perdido? No sabía que él estaba preparado para hacer todas las cosas que le pedía. Me sentía mal. En ese momento, me sentí una mala madre. Y ahora me doy cuenta de lo que me he perdido… Es porque he estado demasiado centrada en Oscar. Y si no estaba centrada en Oscar, estaba centrada en Flo porque, a los cuatro meses, ella sí que me necesita.

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Durante mucho tiempo, pensaba que debía tener más hijos después de Oscar. Aún sigo en la misma línea con ese pensamiento, pero a veces te preguntas si es  justo. ¿Es el comportamiento de Alfie el típico de un niño «normal» de dos años que se frustra porque hay demasiadas cosas que quiere decir, pero que no le consiguen salir? ¿O está intentando decirme que no le presto la suficiente atención y que a veces me necesita más que los otros dos? ¿Soy yo la que le está haciendo esto?

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Estoy convencida de que es una etapa y que, como todas las demás etapas, pasará. Pero supongo que como padres sentimos que siempre podemos hacer más. Pasar más tiempo con tus hijos, centrarte más en ellos en vez de en tareas del día a día que hay que hacer... Anteriormente lo he dicho, pero antes de tener hijos, yo me fijaría en otra gente que ya tiene hijos o vería el típico programa de Supernanny, me preguntaría si, cuando tuviera hijos, podría tener todo bajo control: no voy a hacer esto o lo otro, no voy dejarles que se salgan con la suya con esto o con eso… Sin embargo, la realidad es que, a veces, el papel de padres es mucho más difícil de lo que pensaba al principio. Es probable que sea uno de los trabajos más difíciles de hacer correctamente. Día a día aprendo y me esfuerzo en comprender todo esto.

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Y, quizás, aquí vuelve el tema del hijo del medio. Chris, mi marido, es el hijo del medio y toda su familia admite abiertamente que él era (y probablemente todavía es) un poco raro. Por mi parte, yo soy una de las tres chicas de mi familia y Clare, la hija del medio, efectivamente, está un poco loca (Te quiero, Clogs). Tal vez todo esto está relacionado con el síndrome del hijo del medio tal y como me contaron. ¿Quién sabe?

Pues sí, mi hijo con necesidades especiales es una maravilla comparado con mi hijo rebelde y testarudo de dos años. Oscar obviamente también tiene sus momentos (sabemos que él a menudo también es un poco travieso), pero ¿quién se hubiera imaginado que Alfie sería sorprendentemente tarea más difícil? Y no me malinterpretéis, él también tiene sus cositas buenas. Es un niño brillante, feliz y cariñoso al que todos queremos mucho, así que no es todo malo. Además, soy sumamente consciente –la gente me lo recuerda siempre– de que mi preciosa hija con carita de ángel, que, hasta ahora, es la que menos trabajo me supone de todos, algún día, muy a mi pesar, crecerá. En ese momento,tendré que prepararme para otros muchos problemas tales como las hormonas, los cambios de humor, la obsesión por los chicos y las últimas modas. En resumen, tengo que prepararme para un viaje lleno de curvas.

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Y mi mensaje del lunes por la mañana para todos esos que estáis ahí sobrellevando alguna de estas «etapas», cualquiera que sea, repite conmigo: «Es solo una etapa, es solo una etapa, es SOLO una etapa». También se superará… y, ante la duda, sírvete una copa de vino y coge un paquete de Conguitos que, con el tiempo, ya encontraremos la solución.

 

Artículo originalmente publicado en inglés  “I have not failed, I have found 10,000 ways that do not work,  en Don’t be sorry.

Traducción al español dentro del proyecto PerMondo para la traducción gratuita de páginas web y documentos para ONG y asociaciones sin ánimo de lucro. Proyecto dirigido por Mondo Agit. Traductor: Alberto Bonilla Trueba. Revisora: Marina Clares.

La profesora Sue Buckley recibe el Premio de Educación del National Down Syndrome Congress

La profesora Sue Buckley, distinguida con la Orden del Imperio Británico (OBE) y directora de Ciencia e Investigación del DSE, ha sido galardonada con el Premio de Educación del National Down Syndrome Congress estadounidense por su labor en la mejora de la educación para niños con síndrome de Down.

Sue Buckely  Marilyn Tolbert, Presidente del NDSC; Sue Buckely, profesora y  David Tolleson, director del NDSC.

 

La profesora Sue Buckley, distinguida con la Orden del Imperio Británico (OBE), ha sido galardonada con el Premio de Educación del National Down Syndrome Congress estadounidense «por mejorar las vidas de niños con síndrome de Down desarrollando innovadoras técnicas de educación basadas en la investigación».

El premio se le concedió durante la sesión de apertura de la 44ª Convención Anual del National Down Syndrome Congress en Orlando, Florida, Estados Unidos.

Al entregar el premio, la presidenta del NDSC, Marilyn Tolbert, reconoció la distinguida trayectoria de Sue, que ha ayudado a nivel mundial a personas con síndrome de Down y a sus familias a través de la investigación y los servicios de apoyo. Esta labor incluye la primera investigación que demostraba que los niños con síndrome de Down podían aprender a leer y, recientemente, el primer  ensayo controlado aleatorizado sobre la intervención educativa para niños con síndrome de Down.

Sue fue invitada como conferencista principal a la Convención del NDSC y a la Conferencia de Educadores y como ponente a la reunión del Down Syndrome Medical Interest Group previa a la convención.

Cuando recibió el premio, Sue hizo referencia a la importancia de impulsar la investigación educativa en una era de financiación limitada y prioridades de investigación alternativas. También destacó cómo esta es, en la actualidad, uno de los pocos campos de investigación específicos que han aportado beneficios continuos a jóvenes con síndrome de Down.

Sue pidió nuevos esfuerzos en la campaña por la inclusión total de las personas con síndrome de Down en todos los aspectos de la vida, haciendo hincapié en que ser aceptado y apoyado como un miembro activo más de nuestras comunidades es uno de los derechos humanos fundamentales. También demandó ciertas medidas para hacer frente a las grandes diferencias en materia de recursos y servicios educativos que existen en Estados Unidos.

Además, el National Down Syndrome Congress concedió a Sue Buckley el Premio de Investigación Theodore D. Tjossen en 2005 y fue distinguida con el OBE por sus servicios en lo relativo a la educación de necesidades especiales en la Lista de Honores del cumpleaños de la Reina Isabel II en 2004.

 

Artículo publicado en Down Syndrome Education International

 

Traducción al español dentro del proyecto PerMondo para la traducción gratuita de páginas web y documentos para ONG y asociaciones sin ánimo de lucro. Proyecto dirigido por Mondo Agit. Traductora: Sara Holgado Díaz ; Revisor: Javier Cerro Sandoval

La inclusión: ¿amiga o enemiga? Su experiencia como profesora influenció un nuevo enfoque logopédico para la inclusión en las clases.

 Por:  Kristin Immicke, MS, CF-SLP

 

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Inclusión. Tengo que admitirlo, cuando era profesora de educación básica no soportaba esa palabra. Francamente, no le veía sentido. ¿Cómo podía beneficiar a alguien? ¿Cómo se suponía que tenía que enseñar a toda la clase cuando algunos se quedaban tan atrás? ¿No sería mejor para todos si ese estudiante en concreto estuviera en una clase “especial”?

¿Les suena familiar? Fui profesora durante siete años antes de empezar en la escuela de posgrado de logopedia –y durante todo ese tiempo, interpreté mal el propósito de la inclusión y me resultó difícil implementarla–.

Ahora que estoy al otro lado del debate, veo los muchos beneficios de la inclusión para todos los estudiantes –pero estos beneficios suelen ser ignorados porque llevar a cabo de forma exitosa la inclusión puede resultar desafiante–. El mero hecho de hablar de la inclusión puede suponer un reto, así que ofrezco algunos consejos para facilitar el debate para todos.

Recuerden que la inclusión no es un modelo de clase inalterable. Es muy diferente para cada escuela, clase y estudiante. La inclusión puede significar pasar desde unos pocos minutos hasta un día entero en una clase de educación básica. La inclusión es una nueva experiencia cada vez, porque debería ser diseñada de forma que sea adecuada para cada estudiante.

Veo los muchos beneficios de la inclusión para todos los estudiantes –pero estos beneficios suelen ser ignorados porque llevar a cabo de forma exitosa la inclusión puede resultar desafiante–.

 

Presten atención a cada estudiante. Como educadores, nuestro propósito es ayudar a aprender a nuestros alumnos. Necesitamos recordar este objetivo mientras tomamos decisiones de inclusión, y mantenernos centrados en las necesidades del estudiante. Si un alumno puede arreglárselas en una clase de educación básica todo el día, ahí es donde debe estar. Si menos tiempo es mejor para un alumno en concreto, esa opción debería considerarse. Nunca deberíamos centrarnos en qué es lo más fácil para nosotros –los profesores y especialistas– sino en qué es lo mejor para nuestros estudiantes. Les atendemos en función de sus necesidades individuales.

Sean comprensivos con todos los que están involucrados en el proceso. Sé que muchos profesores ven la inclusión como algo inconveniente y estresante, especialmente sin el apoyo adecuado. Asegúrense de escuchar las preocupaciones y miedos de todos. Discutir estas preocupaciones ayuda al equipo de PEI (Programa de Educación Individualizada) a diseñar el plan de acción y apoyo más adecuado para cada situación.

Sé que muchos profesores ven la inclusión como algo inconveniente y estresante, especialmente sin el apoyo adecuado. Asegúrense de escuchar las preocupaciones y miedos de todos.

 

Manténganse positivos. Resulta fácil centrarse en los aspectos negativos cuando se habla de inclusión. Es adecuado tratar estos desafíos –como la necesidad de modificar la enseñanza o controlar los comportamientos difíciles– pero la atención debería ponerse en los resultados positivos. La inclusión positiva depende del apoyo que reciben los profesores y sus alumnos con discapacidad, incluyendo PEI y horarios adecuados y asistencia con la modificación de instrucciones y de deberes para que todos los niños puedan tener éxito. El plan debería considerar los puntos fuertes y las áreas de dificultad y proporcionar al estudiante oportunidades para crecer, ganar independencia y celebrar todos los triunfos por pequeños que sean.

Animar a los profesores a utilizar los recursos disponibles. Los profesores de educación especial, los PEI, los terapeutas ocupacionales y fisioterapeutas, los educadores de personas con discapacidades auditivas y otros especialistas constituyen buenos recursos para profesores y de unos a otros. El éxito académico de nuestros estudiantes depende de que todos nosotros trabajemos como un equipo por lo que es mejor para ellos.

A menudo, reflexiono sobre mis años como profesora y sobre cómo puedo utilizar esa experiencia para ayudar a los profesores y alumnos con los que trabajo ahora como logopeda. La inclusión puede ser un reto, pero no necesita ser un campo de batalla. Seguir estos consejos ayudará a guiar los debates, a mantenernos a todos en el mismo lado y a permitirnos ver la inclusión como una parte importante de la experiencia educacional del estudiante.

  • Kristin Immicke, MS, CF-SLP, está finalizando su beca clínica con una cooperativa de educación especial al servicio de escuelas públicas pre K-12 en el centro de Texas. Publica el blog Talkin’ with Twang, donde comparte sus experiencias sobre el trabajo en escuelas públicas.immicke@gmail.com
  • © 2016 American Speech-Language-Hearing Association

Artículo publicado originalmente  en inglés: Inclusion: Friend or Foe? 

Traducción al español dentro del proyecto PerMondo para la traducción gratuita de páginas web y documentos para ONG y asociaciones sin ánimo de lucro. Proyecto dirigido por Mondo Agit. Traductora: Adalía Cuesta. Revisora: Clara Gorria Lazaro.

 

Un hermano tenía síndrome de Down, el otro no. Ambos se graduaron y ahora irán a la universidad.

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Madison Essig asistió a dos bailes en su último año de secundaria. Uno de ellos fue el tradicional baile de graduación de su colegio, al que invitó con magdalenas a un estudiante de penúltimo año. Llevó un vestido sin mangas negro y zapatos de tacón que la hacían unos centímetros más alta.

Antes de ese baile, hubo otro de la asociación sin ánimo de lucro Best Buddies (Mejores Amigos) en la Región Capital, cuyo fin era reunir a adolescentes con discapacidades intelectuales o del desarrollo con otros adolescentes de la región de Washington.

Essig, de 19 años, tiene síndrome de Down y estudió en el colegio Woodrow Wilson del noroeste de Washington. Ya en los pasillos de su escuela, se convirtió en una defensora de las personas con discapacidad y, desde que la conocieron, muchos de sus amigos se han involucrado en organizaciones sin ánimo de lucro. Una tarde de mayo, unos 50 compañeros de clase fueron juntos en bus a la biblioteca Carnegie cerca del centro de la ciudad – una noche que tanto a ella como a algunos de sus amigos les pareció más divertida que el propio baile de graduación de la escuela.

Essig se graduó un martes del bachiller, junto a más de 400 compañeros, entre los que estaba su hermano de 17 años. Según funcionarios del sistema educativo, se cree que Essig es una de las primeras personas con síndrome de Down que se gradúa en con un diploma estándar desde que los colegios públicos del D.C. empezaron a mantener registros digitales en 1996.

Fue todo un logro ya que, además, Essig cursó la mayoría de las asignaturas en clases convencionales sin ninguna ayuda. Otras asignaturas – como geometría – las cursó en una clase con un profesor de educación especial, aunque siguió el currículo y volumen de trabajo estándar.

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Madison Essig se gradúa en el colegio Wilson con la clase de 2016 en el American University’s Bender Arena como una de las primeras personas con síndrome de Down en graduarse con un diploma estándar y no un certificado.(Katherine Frey/The Washington Post).

 

 

Se graduó con una nota media de A-menos y ahora está lista para el siguiente desafío: la universidad. Asistirá al programa Aprendizaje en los Entornos del Futuro (LIFE) de la universidad George Mason, que está diseñado para estudiantes con discapacidades intelectuales.

La “discapacidad” de Essig no le ha impedido tener éxito fuera o dentro del aula. Además de una excelente trayectoria académica, Essig consiguió construir una rica vida social.

“Es mucho más popular que yo”, dijo su hermano Zach, y añadió que Madison solía llegar a casa hablando sobre un nuevo amigo que había hecho ese día. “Su alegría es contagiosa”.

“Sí, tengo muchos más amigos que mi hermano”, dijo ella.

Cuando nació Essig, los médicos les dijeron a sus padres que podría caminar, pero que quizá nunca aprendería a leer o a escribir. No obstante, ellos estaban decididos a proporcionarle las mismas oportunidades que a los demás niños. Enseguida vieron que Madison tenía la ética de trabajo necesaria para aprovechar al máximo esas oportunidades.

“Simplemente, nunca se rinde”, dijo su madre, Kimberly Templeton.

Essig ha estado en clases convencionales desde la escuela primaria en Roanoke. En tercero de primaria, Templeton hizo que la retrasaran un curso porque estaba teniendo problemas de integración social y quería que su hija estuviera en el mismo curso que Zach y su hermana gemela. La familia se mudó al Distrito cuando los niños eran estudiantes de segundo año y Templeton consiguió que admitieran a Madison en las clases convencionales del Wilson.

Las personas con síndrome de Down suelen aprender más despacio y puede resultarles difícil aprender aspectos conceptuales u abstractos. Essig siempre dice en clase cuando no entiende algo o necesita ayuda. Quiere sacarse una carrera de cuatro años y convertirse en una defensora profesional de las personas con discapacidades.

“Nos abrió la mente en cuanto a lo que es posible”, dijo el director del Wilson, Kimberly Martin. “No deberíamos conformarnos con alcanzar un nivel mínimo. Deberíamos animar a todos nuestros alumnos, sin tener en cuenta sus ‘etiquetas’, a dar lo mejor de sí mismos”.

Erin Doherty, una estudiante de último año que se gradúa en el Wilson, dijo que nunca había conocido a nadie de su edad con discapacidades intelectuales antes de conocer a Essig. Las dos se hicieron amigas rápidamente y ahora Doherty preside la sección Best Buddies (Mejores Amigos).

“En cuanto la conocí, vi que era tan divertida”, dijo Doherty. “No todos los estudiantes del colegio pueden conocer a alguien como Madison”.

Zach, que acudirá a la universidad de Tufts en otoño, y otros compañeros lideraron una campaña para que los estudiantes dejaran de utilizar términos ofensivos para referirse a personas con discapacidades intelectuales. Los estudiantes tuvieron una asamblea, en la que Essig explicó por qué los insultos hacen tanto daño.

“He visto cómo los niños populares de este centro cambiaban durante estos tres años con solo estar en contacto con Madison”, dijo Templeton. “Puedo asegurar que son mejores personas – tienen más empatía, son más comprensivos, son más pacientes”.

Para Essig lo mejor del colegio fue estar junto a su hermano.

“Ha sido genial”, dijo. “Me ha ayudado mucho”.

Y su hermano estaba asombrado al ver que su hermana asistía al baile de graduación y se graduaba al mismo tiempo que él.

“Puede que tenga síndrome de Down, pero aun así puede ir a bailes, ir a clase y graduarse”, dijo. “Ha demostrado a mucha gente que tener una discapacidad no tiene por qué detenerte”.

 

Artículo original publicado en inglés por Perry Stein en The Washington Post 

 

Agradecimientos: 

Traducción al español dentro del proyecto PerMondo para la traducción gratuita de páginas web y documentos para ONG y asociaciones sin ánimo de lucro. Proyecto dirigido por Mondo Agit. Traductora: Clara Gorría Lázaro. Revisora: Danel Ocio Esparza.